Comida para el cambio

La comida que elijas puede salvar el planeta: detengamos juntos el cambio climático

Slow Food ofrece soluciones positivas para el cambio climático  


Durante los últimos cien años se ha registrado un aumento global de la temperatura media de la superficie terrestre de 0,85 ºC, la temperatura de los océanos y el nivel del mar ha subido, el Ártico se ha calentado más rápido de lo previsto y han aumentado la acidificación de los océanos, los fenómenos climáticos extremos y las alteraciones de los ciclos vitales de las especies vegetales y animales.

Según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por su acrónimo en inglés), a finales de siglo, a falta de limitaciones de las emisiones de gases de efecto invernadero, la temperatura media del planeta podría llegar a ser 4 ºC más alta y seguir subiendo, aunque un aumento de 2 grados ya tendría consecuencias ambientales y sociales graves.

Slow Food considera que la producción industrial de alimentos es una de las principales causas de estos cambios y la produción artesanal es su víctima. Una modificación sustancial del sistema actual de producción agroalimentaria global podría ser una de las soluciones en la lucha contra el cambio climático. 


El modelo de producción agroalimentaria que se implantó en todo el mundo tras la Segunda Guerra Mundial se basa en una intensa y creciente industrialización, caracterizada por:

-    un uso cada vez mayor de productos químicos y de derivados del petróleo para la producción de fertilizantes, herbicidas, pesticidas y carburantes para maquinaria agrícola
-    una difusión del monocultivo, de semillas de alto rendimiento y de semillas y plantas genéticamente modificadas junto con el abandono de las prácticas destinadas a la conservación de la fertilidad natural del terreno (rotación, aplicación de estiércol fresco, combinación de cultivos…)
-    una mecanización cada vez más intensa de las prácticas agrícolas 
-    un consumo excesivo de agua de riego 
 
El impacto ambiental de la industrialización de la agricultura ha sido devastador y ha provocado la contaminación y la pérdida de la fertilidad del suelo, la erosión y la salinización de los terrenos, daños al paisaje agrícola, construcción de diques, represas y desviaciones de cursos de agua de caudales enormes, deforestación y pérdida de biodiversidad vegetal y animal causada tanto por la deforestación como por el abandono de los cultivos de semillas tradicionales autóctonas.  

La cría de animales, que en las últimas décadas ha cambiado considerablemente respecto al pasado para satisfacer la creciente demanda, es también una de las responsables principales de los problemas ambientales más graves. 
No hay que olvidar que la cría de animales ocupa el 70 % de los terrenos agrícolas del planeta (para la ganadería y también para la producción de alimentos vegetales para forraje). Su impacto en el clima es superior al de la producción vegetal.

La producción de carne para consumo umano es responsable de casi una quinta parte de las emisiones de gases de efecto invernadero (incluyendo la deforestación para crear nuevos campos para el ganado o para sembrar alimentos destinados a dichos animales, el uso de fertilizantes y las emisiones en forma de metano y de óxido nitroso), logrando así que el sector agropecuario sea el responsable de casi un tercio de las emisiones globales.
La consecuencia de todo lo anterior disminuye la riqueza cultural en todo el mundo, ya que este modelo implica la pérdida de los conocimientos tradicionales relacionados con el cultivo y la producción alimentaria, así como la ruina económica de numerosos pequeños productores incrementando la pobreza, los conflictos por el acceso a los recursos naturales (como el agua) y los flujos migratorios.
 
La industrialización del sector agropecuario y el consumo desenfrenado que deriva de ello se encuentran entre las principales causas del cambio climático y de las amenazas ambientales que conlleva.

Por tanto, el actual sistema alimentario mundial debe revisarse por completo para reducir considerablemente su impacto ambiental.
La adopción de prácticas agrícolas sostenibles desempeña desde hoy un papel muy importante en la lucha contra el cambio climático. Una agricultura sostenible reduce la dependencia de los combustibles fósiles, conserva la fertilidad, favorece a la retención del dióxido de carbono del suelo, frena la desertificación y utiliza menos agua de un modo más eficaz. 
La conservación de la biodiversidad garantiza la posibilidad de cultivar productos o criar animales en territorios difíciles y de resistir a los ataques de parásitos y otras enfermedades.
 

Slow Food aconseja

  • Prácticas agroecológicas evitan los pesticidas, herbicidas y fertilizantes químicos.
  • Frenar los métodos de producción súper-intensivos
  • Menor consumo de carne, ganadería a pequeña escala y respetuosa con el bienestar animal.
  • Variedades vegetales autóctonas y razas animales locales capaces de adaptarse a distintos ambientes.
  • Rechazar el uso de OGM.
  • Conocimientos tradicionales, para conservarlos y transmitirlos a las nuevas generaciones.
  • Uso de las energías renovables en la producción de alimentos
  • Cadenas cortas para reducir considerablemente las emisiones y establecer una relación directa entre productores y consumidores.